Acepción (3) de ciencia

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Desde el punto de vista gnoseológico de la Teoría del cierre categorial (TCC) las ciencias, en su acepción (3), esto es, en su acepción "moderna", "positiva", estricta, son consideradas como cuerpos organizados, institucionalizados (véase cuerpo de una ciencia) —cada uno con su dintorno, contorno y entorno propio—, compuestos de materiales polimórficos, heterogéneos (incluyendo los instrumentos, signos, los propios científicos...), dispuestos en torno a un núcleo cuya estructura se deja analizar muy bien desde las coordenadas de un espacio gnoseológico en el que las ciencias, como tales cuerpos organizados, aparecen inmersas, y desde el cuál son analizadas, por la propia actividad que como tales cuerpos organizados generan y desarrollan, no tanto prescriptivamente, desde lo que las ciencias deberían de ser, sino desde lo que son, según su rendimiento objetivo en dicho espacio.

Desde este contexto las ciencias se reconocerán como construcciones, es decir, y según decimos, como cuerpos de materiales organizados y conformados operatoriamente —y de cuya variedad e inconmensurabilidad relativas a tales materiales depende la configuración de cada una de las distintas ciencias— que, en función de su misma disposición sintáctica, semántica y pragmática, se van enlazando, ligando, tejiendo, hasta el punto de llegar a producirse en el seno mismo del espacio gnoseológico, y como resultado de esta roturación operatoria, cierres categoriales en torno a tales materiales así reorganizados, alcanzando dicha reorganización la forma demostrativa, teoremática, característica de las ciencias.

Los cierres categoriales, pues, se constituyen como círculos de realidad —ampliada, densa... picnológica— inconmensurables entre sí, que surgen a partir de la actividad técnica, quirúrgica, tecnológica de los sujetos operatorios actuando sobre el mundo de las formas fenoménicas (mundus aspectabilis) envolventes, las cuales se van descomponiendo y recomponiendo en función de la actividad de tales demiurgos operatorios, transformándose en términos y clases de términos [A= (a1, a2,...,an), B= (b1,b2,...,bn), C= (c1,c2,...,cn)] que guardan entre sí relaciones de diversa clase (inclusión, pertenencia, igualdad, correspondencia, congruencia, semejanza... o sus contrarias...) conforme se van roturando operatoriamente. Los cierres categoriales cristalizan cuando, en virtud de la conmensuración de unas formas por otras (pero no de todas con todas) a través de distintos cursos operatorios confluyentes, se establecen relaciones de identidad entre los términos operados, analizados, en principio diversos, y que ya no necesitan de la asistencia de un determinado curso operatorio para mantenerse, toda vez que tales relaciones, como síntesis entre los términos analizados, aparecen sostenidas por efecto de su propia identidad, quedando los términos sinectivamente ligados entre sí y mutuamente neutralizados los cursos operatorios de partida. Es este proceso de “segregación o neutralización de las operaciones”, central para la constitución de las ciencias según la entiende la TCC, la vía a través de la cual esta conformación de tales materiales alcanza por anamórfosis un plano esencial, teoremático, que desborda el plano fenoménico de partida, siendo éste el terreno propio, definido en el eje semántico, en el que se configura la verdad científica en tanto, precisamente, identidad sintética. Una verdad, con todo, que no es que rectifique o niegue el mundus aspectabilis (fenoménico) de partida, sino que regresa a él penetrando y ampliando determinados aspectos suyos, sin saturarlo o agotarlo en todo caso (cierre no quiere decir clausura, sino todo lo contrario), toda vez que sigue alimentándose circularmente de él.

Esta “verdad gnoseológica”, así entendida, constituye pues el núcleo esencial en torno al cual cada ciencia se organiza y desarrolla como cuerpo institucionalizado, en un curso con sus ritmos propios (al margen de las conexiones e influencias que pueda tener, procedentes de otros cuerpos así organizados), a partir del cual ya podemos hablar con precisión de ciencia y de su historia correspondiente, siendo la constitución de este núcleo el “hecho diferencial” por el que se distinguen las ciencias de cualquier otro tipo de construcción doctrinal.

La TCC se sitúa en una perspectiva pues, la del Materialismo filosófico, que no considera a las ciencias como “conocimientos” que posee un sujeto (¿el hombre?, ¿la mente?) sobre un objeto (¿la realidad?, ¿el mundo?), siendo esta distinción (sujeto/objeto) la clave idealista del enfoque epistemológico , tal como lo considera apagógicamente la TCC, sino que las considera como construcciones instituidas, insistimos, en torno a diversos campos de materiales determinados, con términos de distintas clases, que se van configurando y enlazando sistemáticamente en clases diversas de relaciones de identidad, según el propio rendimiento objetivo que los distintos cierres categoriales puedan alcanzar en torno a estos campos así determinados, siendo la distinción clave del enfoque gnoseológico en este sentido la distinción materia/forma.

Desde esta perspectiva la verdad de las ciencias, de cada ciencia, no se sitúa pues en la correspondencia de la “teoría científica” con “la realidad”, alineadas con la forma y la materia respectivamente (adecuacionismo) —como si se tuviese acceso directo por no se sabe qué vía al conocimiento de “la realidad”, para poder determinar después si “la teoría” es verdadera o no, al corresponderse o no (isomorfismos...) con ella (y es que si ya se conociese “la realidad”, ¿para qué saber si la teoría se corresponde o no con ella si ya tenemos un acceso, que por lo visto no es teórico, a la realidad misma?)—, ni tampoco se sitúa la verdad en la forma teórica, al margen del material fenoménico (teoreticismo), ni tampoco en el material fenoménico mismo al margen de su articulación teórico-formal (descripcionismo), sino que la verdad según la TCC se sitúa en la propia codeterminación circular entre forma teórica y materia fenoménica diaméricamente conjugadas (circularismo): es tal codeterminación circularista la que recorre y a la que se circunscribe el circuito de la identidad sintética, siendo el teorema o conjunto de teoremas de aquí derivados la formalización proposicional inmanente a tal proceso. De este modo, tales materiales, teoremáticamente codeterminados, conforman un campo gnoseológico característico, con sus principios y sus modos, correspondiente a cada cierre categorial, en donde aparece “realizada” la verdad científica como identidad sintética sistemática.

Una identidad en cualquier caso, por la que se redefine la verdad gnoseológica, que, siendo específica de las ciencias (existen otras determinaciones de la identidad que no se expresan en forma de verdad gnoseológica), no es unívoca en ellas, y es que admite grados correspondientes a los modos de resolver las distintas situaciones relativas a la heterogeneidad, diversidad e inconmensurabilidad de materiales a través de los cuales se entretejen cada uno de los distintos círculos categoriales, igualmente, y por ello mismo, inconmensurables (mutuamente irreductibles) entre sí.

En este sentido la heterogeneidad y diversidad de materiales dan de sí la distinción fundamental para la TCC entre situaciones alfa-operatorias y situaciones beta-operatorias. Y es que si entre los materiales así organizados se encuentran clases de términos análogos a los sujetos operatorios (análogos al sujeto gnoseológico), lo que desde la TCC se concibe como situaciones beta-operatorias, entonces los circuitos sintéticos de identidad se resuelven contando estructuralmente con la mediación de la actividad de tales sujetos análogos (digamos, sujetos temáticos, con sus puntos de vista emic, intenciones, causalidad final...), siendo necesariamente contemplados desde el cuerpo científico en cuestión en su propia especificidad operatoria, en cuanto que tales operaciones propias del sujeto temático ya no figuran en el campo como determinantes, sino más bien como determinadas, bien por estructuras no operatorias, bien por otras operaciones: este es el caso sui generis, tal como las concibe la TCC, de las “ciencias humanas y etológicas” que resuelven tal situación a través de metodologías beta-operatorias, esto es, las que proceden a “neutralizar o segregar las operaciones” a través de un “envolvimiento”, bien estructural, bien así mismo operatorio, efectuado por el sujeto gnoseológico (SG) sobre la actividad operatoria del sujeto temático (ST) en cuanto que análogo suyo, siendo las operaciones temáticas formalmente incorporadas al campo, en cuanto que determinadas en él (ahora el “conocimiento” forma estructuralmente parte del campo, no sólo genéticamente).

Las situaciones alfa-operatorias, sin embargo, son las producidas en aquellos campos en los que tan sólo genéticamente son operatorias, pues estructuralmente no figuran términos en ellos con tales características, resolviéndose tales situaciones a través de metodologías alfa-operatorias por las que la “neutralización o segregación de las operaciones” del campo adquiere un sentido pleno, en cuanto que tales metodologías nos ponen delante de estructuras cuya textura gnoseológica ya no es en absoluto operatoria. Así, dice Bueno, mientras que las ciencias físicas o las matemáticas son operatorias por su origen, pero no se les puede atribuir, salvo antropomorfismo, operaciones a los términos de su campo (los puntos, las rectas..., por ejemplo, no son sujetos operatorios), las ciencias humanas o etológicas, sin embargo, tienen que cultivar estructuralmente este antropomorfismo, si no quieren perder de vista la escala de su campo, aún a riesgo de perder su carácter de ciencia en sentido pleno.

Tomando, pues, ambas situaciones (alfa y beta) desde el punto de vista de sus estados-límite, desde la plenitud del proceso segregativo de las operaciones del campo, producido en la situación alfa-operatoria (alfa-1), hasta la disolución de la ciencia en tecnología, técnica o praxis en la situación límite beta-operatoria (beta-2), en cuanto que no hay proceso de segregación alguno (sino que el saber se resuelve y consiste en las operaciones mismas normalizadas), existen estados intermedios de equilibrio correspondientes a distintas resoluciones metodológicas en las que, si bien la segregación de las operaciones no adquiere su plenitud genérica de ciencia, tampoco se puede decir que tales saberes se disuelvan en técnicas o tecnologías. La TCC reconoce, pues diversos estados intermedios de equilibrio entre ambos extremos, que tienen la suficiente estabilidad como para no confundirse con ambas resoluciones metodológicas extremas, reconociendo, a partir de tal criterio, una determinada clasificación de las ciencias.

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