Alfonso Gratry

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Auguste Joseph Alphonse Gratry (1805-1872) nac. en Lille, estudió en la Escuela Politécnica, de París. Después de ordenarse sacerdote fue nombrado (1841) director del Colegio Stanislas y luego «aumônier» en la Escuela Normal Superior de París, cargo que desempeñó hasta 1851 en que tuvo que abandonarlo por su crítica a Esteban Vacherot, director de la Escuela. Hacia 1852 el Padre Gratry se unió a otros sacerdotes en la fundación del Oratorio de la Inmaculada Concepción, continuación de la famosa Congregación del Oratorio fundada en 1611. A partir de 1863 el Padre Gratry fue profesor de teología moral en la Sorbona.

El Padre Gratry se destacó en su época por su irreductible y constante oposición al panteísmo y a autores que, como Vacherot, desarrollaron doctrinas panteístas o que rozaban el panteísmo. Estas doctrinas eran en parte consecuencia del idealismo alemán, al que el Padre Gratry se opuso asimismo firmemente como una «vacua filosofía de la identidad». Contra el idealismo y el panteísmo el Padre Gratry pregonó la necesidad de entroncar con la gran tradición metafísica, no sólo la de Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás y otros grandes autores antiguos y medievales, sino también la de Descartes y Leibniz, que para el Padre Gratry eran los auténticos continuadores de la tradición metafísica citada. No se trata, sin embargo, de una mera «restauración de la metafísica» como «pura especulación»; para el Padre Gratry la indicada tradición metafísica es la realmente «científica»; en todo caso, esta tradición es para el Padre Gratry la filosofía, una a pesar de sus diversas manifestaciones.

Julián Marías ha indicado que el punto de partida del pensamiento del Padre Gratry se halla en su estudio del alma y que se expresa claramente en las frases iniciales de su libro De la connaissance de l'âme: «Para conocer el alma, no la estudiaremos aislada. Estudiaremos el alma en su relación con Dios y con el cuerpo.» En efecto, el Padre Gratry sostiene que hay entre Dios y el alma una relación parecida a la que hay entre el alma y el cuerpo. De este modo se restablece la continuidad entre lo espiritual y lo material, o corporal, sin por ello caer en un monismo y menos todavía en un panteísmo. La idea de continuidad es en el Padre Gratry tan fundamental como lo fue en Leibniz, y en parte por razones muy semejantes. El alma es imagen de Dios como el cuerpo es imagen del alma. Ahora bien, «ser imagen de» no equivale ni mucho menos a «ser idéntico a». La estructura «trinitaria» del alma no es, como la Trinidad divina, completamente un acto. El alma se manifiesta como «sentido», como «inteligencia» y como «voluntad», pero de tal modo que el primero es el principio de los dos últimos. A partir de ello desarrolla el Padre Gratry una «filosofía del sentido» —o, mejor, del «sentir» como «sentir del alma»— opuesta tanto al idealismo como al empirismo. El sentido es «sentido de la realidad», pero también «sentido íntimo» —y «sentido de los demás» o de las «demás personas» o «los otros». La idea del sentido aquí apuntada no es incompatible con la afirmación de que el alma es racional, pero la «razón» no lo es todo. Además, no habría razón sin sentido y, en último término, sin luz divina. En esta idea del alma y de su relación con Dios se funda en gran parte la idea que tiene el Padre Gratry del «conocimiento de Dios». Este conocimiento no es asunto de demostración; la relación entre el hombre y Dios es un elemento constitutivo de la existencia humana, de modo que toda «prueba» se funda en esta relación y no al revés.

En la «prueba» de la existencia de Dios o, mejor dicho, en la «ascensión» hacia el conocimiento de Dios se transparenta una de las ideas en que más insistió el Padre Gratry: la idea de una dialéctica —dialéctica o inducción. El Padre Gratry contrapone la inducción a la deducción. Esta última se basa en la identidad; la deducción no permite alcanzar otras consecuencias que las contenidas en un principio dado. La inducción, en cambio, consiste en un proceso de invención y de descubrimiento parecido a la dialéctica platónica —con la cual relaciona el Padre Gratry su idea de inducción. La deducción no sale jamás de «lo mismo». La inducción pasa a «lo otro». La inducción no es, sin embargo, mero «razonamiento». Incluye el razonamiento, pero se funda en una intuición o «visión» que se manifiesta en todos los órdenes del conocimiento y no sólo en el racional. En efecto, el proceso de la inducción aparece ya en la percepción y se va desarrollando —sin ser por ello una mera extensión de la percepción— hasta alcanzar el proceso dialéctico en sentido propio. En la inducción se «salta», por decirlo así, de una verdad a otra. En último término, la inducción es el procedimiento cognoscitivo del «sentido». Por medio de la inducción se separa de los datos lo accidental y se remonta a lo más y más esencial y «verdadero». El Padre Gratry vio en el cálculo infinitesimal una prueba de la realidad y fecundidad de la inducción. En el paso de lo finito a lo infinito se revela el «salto a lo otro» que la mera deducción no permite. La inducción no da por resultado verdades meramente «generales» y «abstractas»; da por resultado verdades «íntegras» o «integrales»: «inducir» es «integrar» —incluyendo la integración de lo individual.


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