Cine

De Enciclopedia Symploké, la enciclopedia libre.

La ventana indiscreta. Una poética materialista del cine (de Pablo Huerga) (http://www.remayvive.com/index.php/libros/ensayo-academicos/la-ventana-indiscreta)
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La ventana indiscreta. Una poética materialista del cine (de Pablo Huerga) (http://www.remayvive.com/index.php/libros/ensayo-academicos/la-ventana-indiscreta)
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El cine comparte con la pintura o la escultura la capacidad de representar apariencias de cuerpos coexistentes. La poesía, en cambio –decía Gotthold Efraín Lessing–, puede representar «objetos sucesivamente consecutivos» y éstos son las acciones: a ellas se consagra la Poesía. No sería correcto equiparar el cine y el teatro; y no ya porque los límites del cine desborden ampliamente el «teatro filmado», sino, sobre todo, porque el escenario teatral implica la presencia de actores «de carne y hueso», mientras que la pantalla elimina de raíz esa presencia (en su límite, en el «cine de ordenador», incluso a los actores en los estudios); esto aproxima el cine a la pintura, mientras que el teatro se aleja de la pintura y se acerca más a la poesía, en cuanto «arte poético».

Atengámonos a la capa más específica del cine (cuando se le considere como miembro de la «familia de las artes»), a saber, el cine en cuanto representación de secuencias de imágenes ópticas (icónicas).

Se trata de ver a la tecnología cinematográfica como la realización, lograda en la época moderna, de «proyectos» prácticos mucho más arcaicos, en la manera como se admite que la aviación, lejos de poder entenderse como un proyecto inédito, hay que verla (sin menoscabo de su originalidad) como la ejecución de un «programa» práctico que aparece ya enteramente reflejado en el «mito tecnológico» de Ícaro. En el caso del cine, habría que regresar aún más atrás, hasta la época de nuestros antecesores que poblaban las cavernas, y desarrollaron, sin duda, durante milenios, la «conducta de ver las sombras» que, con sus antorchas, se proyectarían en el interior, en las bóvedas rocosas, incluso en paramentos lisos (que prefiguraban la «pantalla», tanto o más como las alas de cera de Ícaro prefiguraron las alas de nuestros aviones): Estas «sombras» pudieron alcanzar un grado de realidad –como monstruosos o benéficos númenes– muy similar al que convenía atribuir, llegado el caso, a las «pinturas rupestres». Algunos historiadores del cine citan, como curiosidad, a Platón, por su «mito de la caverna», entre los «precursores de la idea del cinematógrafo»; pero se trataría de algo más profundo. No es correcto decir que Platón «prefigure» el cinematógrafo; hay que decir que el cinematógrafo ejecuta técnicamente una idea que encontramos ya configurada, con todos sus detalles, en el libro VI de La República.

El mito platónico de la caverna es un mito arcaico, paleolítico, y con-formado por una situación nada subjetiva (o «metafísica»), sino estrictamente objetiva. Y, lo que es aún más importante, una situación que, lejos de poder «dejarla atrás», como un mero recuerdo prehistórico, se ha reconstruido inesperadamente en el mismo seno de la sociedad industrial, en la que, no ya unas bandas de cazadores, sino millones y millones de individuos permanecen «encadenados a sus asientos» contemplando «sombras» que en las pantallas del cine, o de la televisión, proyectan las Ideas de quienes las fabrican. Y porque Platón ofreció una alegoría –que desbordaba ampliamente los límites precisos de una situación susceptible de ser descrita en términos estrictamente conductuales–, por ello no es despropósito volver a Platón para analizar la estructura del cine. He aquí lo que consideramos más importante, para nuestro propósito, de la alegoría platónica: que las imágenes icónicas (eikasia) que, sentados en nuestra caverna, vemos en la pantalla, las vemos, no sólo desde los «ojos», sino desde las creencias, desde la fe (pistis), en las que estamos (socialmente, culturalmente) inmersos; y que, sin embargo, todas esas vivencias aparentes (propias de la doxa) que la pantalla nos proporciona incesantemente, son sombras de conceptos y de ideas, y de sus conflictos, que sólo pueden abrirse camino a través de tales «visiones».


El Catoblepas

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