Jesús de Nazaret

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Ben-Hur: Una historia de Cristo, película de 1959 dirigida por William Wyler
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Ben-Hur: Una historia de Cristo, película de 1959 dirigida por William Wyler

Jesús el Nazareno o de Nazaret (aprox. 6/4 a. C - 30 d. C). Discípulo de Juan el Bautista y, como su maestro, predicador escatológico de la buena nueva del Reino de Dios (Βασιλεία τοῦ Θεοῦ, Basileia tou Theou) —la acción de Yahvé en la Historia y el Juicio Final— ante la cual los judíos debían arrepentirse para preparar la llegada inminente del mismo. Enseñó en parábolas de fácil comprensión en las que exponía su particular doctrina sobre el Reino y, asimismo, realizó acciones que algunos tomaron como milagros y otros como imposturas: «Y [Jesús] no pudo hacer allí [en Nazaret] ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos» (Marcos 6, 5). Comió con pecadores, denunció los excesos del Templo de Jerusalén, así como algunas prescripciones de los fariseos (aunque la inquina contra los escribas y los fariseos que el personaje de Jesús muestra en los evangelios más bien expresa la disputa por el «verdadero Israel» que los evangelistas mantenían contra el judaísmo rabínico de Yamnia en el que se congregaron precisamente los escribas y los fariseos).

Su doctrina escatológica de un Reino de Dios en la tierra, de pronta irrupción en la Historia, ponía en peligro la eutaxia del Imperio Romano, por lo que fue crucificado en Jerusalén por sedicioso (ληστής, lestés), por orden del prefecto romano de Judea Poncio Pilato. Sin embargo, la predicación y el magisterio de Jesús no concluyó en una insurrección seria a gran escala como la que llevaron a cabo los zelotas a partir del año 66 hasta el 70 (o hasta el año 73 si contamos a los sicarios y esenios que resistían en la fortaleza de Masada). La culminación del magisterio de Jesús consistió más bien en una mini-insurrección basada en una concepción de la guerra escatológica (mitológica) en el que se tenía la ingenua fe de la llegada de los ángeles de Yahvé que auxiliarían al Nazareno y a sus discípulos: «Así será en el final de la era: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre medias de los justos y los arrojarán al horno del fuego [Dn 3.6]; allí estará el llanto y el rechinar de dientes» (Mateo 13, 47).

Entre los estudiosos no hay consenso sobre si el grupo de Jesús iba armado o desarmado. Lo más probable es que, no ya Jesús pero sí sus discípulos, fuesen armados y así, aunque siempre con la esperanza puesta en la ayuda divina y angelical, atacaron a los mercaderes en el Templo. La aristocracia sacerdotal (los saduceos prorromanos) ante semejante acción del Nazareno y los suyos tramó, en palabras del Sumo Sacerdote Caifás, condenar a Jesús: «No en la fiesta, para que no se produzca una revuelta en el pueblo» (Mateo 26, 5). A dichos sacerdotes, como bien sabía el prudente Caifás, les convenía que muriese uno (en este caso Jesús) «y no perezca toda la nación» (Juan 11, 50). Nación que terminó pereciendo cuando Tito derribó el Templo hierosolimitano en el año 70. Derribo que supuso el fin no ya del judaísmo, que se reestructuró en Yamnia (actual Yabné, cerca de Gaza), sino del saduceísmo. En adelante el judaísmo sería fundamentalmente fariseo, pues del denominado «judaísmo rabínico» procede el judaísmo actual (con todas sus ramificaciones). De ahí que los ayes puestos en boca de Jesús por los evangelistas contra los escribas y los fariseos no fuesen contra los saduceos (los verdaderos enemigos públicos del Jesús histórico, junto a los romanos), dado que ya no hacía falta, pues tras la caída del Templo, que es cuando se empezaron a escribir los evangelios, los saduceos dejaron de existir, y por tanto ya no hacía falta criticarlos. Ahora los enemigos del cristianismo, unos 40 ó 50 años después de la muerte de Jesús, eran los escribas y los fariseos conciliados en Yamnia.

Una vez que «una numerosa multitud con él [Judas] con espadas y palos de parte de los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo» (Mateo 26, 47) atrapó a Jesús en el huerto de Getsemaní, éste fue entregado a Poncio Pilato, el cual lejos de limpiarse las manos y desentenderse del asunto, se frotó las manos, viendo con buenos ojos la detención del visionario de Galilea, al cual condenó a través de la Lex Iulia lesae maiestatis («Ley Julia acerca de la majestad ofendida») al tormento de la cruz por conspirar contra el Imperio y sus colaboradores principalmente por los siguientes motivos:

1) Por prescribir a sus discípulos y seguidores no pagar el tributo al César: «Lo del César, devolvedlo al César, y lo de Dios, a Dios» (Marcos 12, 17). En muchas ediciones de los evangelios este mandato se ha traducido de una manera un tanto manipulada: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Pero no se trataba de dar, sino de devolver; ya que dicha moneda no era judía, sino pagana, es decir, era la moneda del César en la cual, para más inri, estaba imprimida su imagen, cosa que era una terrible blasfemia para cualquier judío piadoso como Jesús. Y también había que devolver a Dios lo que era de Dios, esto es, la soberanía de Israel usurpada por los romanos.

2) Por presentarse como el Mesías de Israel y por tanto antirromano: «Hemos cogido a este revolviendo a nuestra nación e impidiendo pagar los tributos al César y diciendo que él es el rey ungido» (Lucas 23, 2).

3) Por atacar el Sanedrín de Jerusalén y perturbar su orden.

4) Y por negarse a pagar el didracma anual al Templo como se insinúa en el versículo 17, 24 del Evangelio de Mateo.

Es posible, como sostiene S. G. F. Brandon, que el grupo de Jesús tuviese un tipo de colaboración o alianza (solidarios frente a terceros) con el grupo de «un preso famoso llamado Barrabás» (Mateo 27, 16), preso político que estaba «encadenado con los sublevados que en la sublevación habían cometido asesinato» (Marcos 15, 7). Sublevación que probablemente fue simultánea al asalto al Templo por el Nazareno y sus seguidores.

Tras su cruenta muerte colgado como un maldito en el madero para impedir una revuelta del pueblo en Pascua, el movimiento cuyo impulso y fundamento fue Jesús de Nazaret de Galilea se escindió en tres grandes ramas: judeocristianos de Jerusalén, gnósticos y paulinos. La rama vencedora fue la paulina. Rama que, frente a los propósitos del Jesús histórico (retratado muy bien en Mateo 15, 24: «No fui envidado salvo a las ovejas perdidas de la casa de Israel»), puso en marcha la predicación de la buena nueva a los gentiles. Este fue el programa estratégico de los paulinos de acuerdo con la teología de la restauración de Israel en la que Pablo de Tarso aún se movía. Pues, al parecer, es cierto que Pablo (emic) tampoco fue el fundador del cristianismo, puesto que el Sitz im Lebem en el que el Tarsiota creía vivir era el borde del fin de la era (Véase 1 Tesalonicenses 4, 13-5, 1), en la que sólo le daba tiempo a convertir a un número determinado por Dios de gentiles, y no a todos los hombres como después prescribió el imperativo proselitista de Mateo 28, 19. Este evangelio fue escrito unos 30 ó 40 años después de esta epístola que escribió el Tarsiota (epístola que según los estudiosos fue la primera que escribió Pablo y, por lo tanto, sería el primer documento del Nuevo Testamento).

El cristianismo como tal empezaría a existir cuando las comunidades paulinas (décadas después de la muerte del Tarsiota, sobre todo tras la caída del Templo en el año 70, tiempo en el que el cristianismo paulino resurgió tras una crisis) se independizaron de la susodicha teología de la restauración de Israel y se instalaron las comunidades cristianas como instituciones arraigadas en el interior del Imperio generador romano. Imperio al que precisamente el Jesús histórico con todas sus fuerzas quería derrocar e implantar así, por la Gracia de Yahvé, su soñado y escatológico Sacro Imperio Judaico en el que él sería rey y sus discípulos jefes de las 12 tribus de Israel. Reino que finalmente no llegó y por tanto todas las profecías de Jesús sobre el mismo quedaron clamorosamente incumplidas. Jesús ni fue Mesías de Israel (dado que el vía crucis lo evitó con poderosísima contundencia), ni fue el Hijo de Dios, ni Dios mismo hecho carne (logos encarnado). Jesús simplemente fue un agitador y un fanático que acabó como reo de muerte por sedición como muchos otros judíos fundamentalistas de su época. La peculiaridad de Jesús estaría en que sus discípulos creyeron que había resucitado y que vendría al fin de la era (eón) para juzgar a los vivos y a los muertos y a imponer con la ayuda celestial definitivamente el Reino del Dios de Israel: Yahvé. Pero Jesús no volvió por segunda vez y de momento seguimos sin tener noticias.

Así pues, como ni Yahvé ni sus ángeles se presentaron en el Templo para ayudar a Jesús y sus discípulos, y el fin de la era no llegó, es muy justo reconocer la gran verdad que se afirma en la famosa frase pronunciada por el teólogo francés Alfred Loisy: «Jesús anunció el Reino y lo que vino fue la iglesia».

La doctrina de Jesús el Nazareno es de escaso valor filosófico. Sin embargo, sus discípulos no sólo lo declararon resucitado, sino que mantuvieron que él era la encarnación del dios terciario. El Dios de Aristóteles «comenzaba a hablar», en palabras de Gustavo Bueno, iniciándose así un giro copernicano que, más que achacar a Kant, habría que achacar al cristianismo apostólico católico romano que con el dogma de la Encarnación de la Segunda Persona ya venía preparando la «inversión teológica» que culminó en la llamada «modernidad» en la que el Reino de la Gracia se secularizaría en el Reino de la Cultura (de Descartes a Hegel).

La imagen de Jesús de Nazaret, transustanciado en el Cristo de la fe, inicia así una andadura histórica en la que su figura se refundirá con componentes helenistas de gran interés para la filosofía: en ella se ensayarán ideas tan importantes como la de persona.

En la Edad Media, el Acto Puro de Aristóteles «E» (Ego trascendental) «rompe a hablar», crea el Mundo «Mi» (Materia ontológico-especial) a partir de la Nada (acaso a partir de un Caos «M», Materia ontológico-general) y lo ordena, se revela a los hombres, pacta con ellos, e incluso se encarna en el hombre a través de la figura de Cristo. La Teología dogmática (San Isidoro, Domingo Gundisalvo, Juan Escoto Erígena) parte de la Revelación como Palabra de Dios: es Dios quien instruye a los hombres acerca de un Vacío, de la Nada, o acaso de la materia caótica «M», que Dios transforma en un mundo «Mi» gracias a su obra de los seis días; dentro del mundo «Mi» se encuentra una entidad egoiforme que recapitula en sí a la propia divinidad «E». La Filosofía escolástica recorre la ordenación básica en distinto sentido: parte de la constatación de las cosas del mundo visible y sensible (el «sensu constat» «Mi») de las cinco vías de Santo Tomás de Aquino y pasa al otro mundo invisible (el mundo de las formas separadas y el Caos «M») hasta alcanzar al Dios creador «E» de la Teología natural. (Gustavo Bueno: La metafísica presocrática (http://helicon.es/pen/8542200.htm), Pentalfa, Oviedo, noviembre 1974 & Gustavo Bueno: «Confrontación de doce tesis características del sistema del Idealismo trascendental con las correspondientes tesis del Materialismo filosófico» (http://www.filosofia.org/rev/bas/bas23501.htm) , El Basilisco, 2ª época, nº 35, 2004, páginas 3-40).


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