Formalismos

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Desde el materialismo filosófico, los formalismos son aquellas doctrinas que reducen la materia a cualquiera de los tres géneros de materialidad: hablaremos de formalismos primogenéricos cuando se reduce la materia a puro corporeísmo ( el atomismo de Demócrito y Leucipo); de formalismos segundogenéricos cuando se reduce la materia a los contenidos de la «conciencia individual» (el ego cogito de Renato Descartes); y de formalismos terciogenéricos cuando la materia se reduce a entidades abstractas (el «esencialismo» de Platón).

Negarse a llamar «materialidades» a los géneros de materialidad solo puede hacerse desde la asunción de uno de ellos (por ejemplo, M1) como la auténtica «materialidad» (el corporeísmo). El cosmismo se apoyaría en un corporeísmo: en una concepción equivocada de «la» Materia como consistiendo, exclusivamente, en «cuerpos» (la res extensa). Es esta clase de formalismo primario (prototipo: el «mecanicismo») la que suele presentarse como «materialismo», a secas. En principio, este formalismo ontológico-especial sería compatible con un materialismo ontológico-general, pero es improbable que, de hecho, así ocurra: la reducción corporeísta suele ser absorbente. El formalismo primario es, pues, ordinariamente, y a la vez, monismo. Y puede darse en un sentido «inmanentista» (el orden «finito e ilimitado» del mundo físico, cerrado en sí mismo), o trascendente (totalidad del mundo físico, expresión de un «trasmundo» a su vez representado en términos de M1: el Dios corpóreo de Hobbes, por ejemplo). Ciertas concepciones, muy extendidas hoy, y que quizá podrían ser consideradas como «filosofía espontánea de los científicos», o como «materialismo positivista», resultarían ser, desde nuestra posición, formalismos primarios.

La reducción a M2 es una reducción subjetivista: ya sea la subjetividad concebida como individual —solipsismo, empiriocriticismo— o social —sociologismo: «sociologizar el Cogito es cambiar de prisión»—. Tipos de este formalismo podrían ser: las doctrinas de la verdad basadas en el consenso, o la reducción «asociacionista» de la causalidad tipo Hume —en la medida en que la doctrina de la casualidad de Hume sea, efectivamente, simple «psicologismo asociacionista»—. En general, se trata del «idealismo» en su sentido más ordinario: la realidad «es una conciencia». Y el prototipo de este formalismo secundario, en su forma monista (que desconsidera la materia ontológico-general) sería Hegel. Pero habría también alguna forma no-monista de este formalismo secundario: corrientes que sostendrían el materialismo ontológico-general, junto a un idealismo ontológico-especial (y acaso Schopenhauer pudiera ser considerado como un caso eminente de esta especie de «materialismo idealista»). Desde un punto de vista ya plenamente metafísico, el esse est percipi de Berkeley parece realizar bien este formalismo secundario.

La reducción a M3 significa mantener el carácter «aparente», ya de M1 (como en el platonismo: las esencias son la realidad de los fenómenos), ya de M2 (la Fenomenología de Husserl como «esencialismo» que opera desde la crítica del psicologismo). El formalismo terciario suele ir acoplado a la negación del materialismo ontológico-general, y, por tanto, a un monismo-mundanismo de un cierto carácter, donde el «reino de las esencias» es ahora la «verdadera» —y única o definitiva— «realidad». La posición que Russell ha llamado «monismo neutral» podría, probablemente, ser descrita como ejercitando este formalismo terciario: las «características muy abstractas» de las que depende el conocimiento de la materia (características que no son físicas ni mentales) y que, en definitiva, se remiten a las «matemáticas puras», parecen tener su aposento propio, precisamente, en M3. Pero desde la perspectiva del materialismo ontológico-especial, «conocer» no es «conocer esencias», en definitiva, sino conocer que las esencias son una posición característica de la materialidad, junto a otras. (Vidal Peña, El materialismo de Espinosa. Ensayo sobre la Ontología espinosista (http://www.filosofia.org/aut/001/1974vp.htm), Revista de Occidente, Madrid 1974, capítulo 2)


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