Creacionismo fijista

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Contrario al transformismo y a la teoría de la evolución, el creacionismo «fijista» afirma que las especies biológicas han sido creadas por Dios separadamente y que permanecen inalterables en el tiempo.

Uno de los fundamentos más comunes que exponen los seguidores del creacionismo o «Teoría del Diseño inteligente» es el de los Halos de Polonio.

«En rocas primitivas se pueden observar elementos químicos inestables rodeadas de círculos concéntricos y capas circulares que corresponde a la huella que deja el entorno del uranio durante su descomposición. Cada elemento químico desciende del primario radioactivo que se descomponía (el polonio sería la última fase del uranio, de muy poca duración —tan solo unos tres minutos). Según la teoría evolutiva las rocas de granito se formaron lentamente durante unos 1500 años creando las capas precámbrica, cámbrica, etc. Sin embargo, Robert Gentry descubrió la presencia de polonio sin origen de otro elemento (cuando hemos supuesto que provenía del Uranio), y sin embargo, las subsiguientes investigaciones con tecnología microscópica confirmaban que los halos sí provenían del Polonio. El problema sería que si la formación del granito según la Teoría Evolutiva duraba miles de años y el polonio solo duraba tres minutos, la masa del granito no podría conservar los halos. La capa de granito debería haberse formado en el mismo instante alrededor de todo el planeta. No habría una formación lenta sino una Creación Instantánea.»


La explicación creacionista surgió en el siglo XIX al mismo tiempo que las teorías catastrofistas (vulcanistas y plutonistas), en un contexto donde el cristianismo impregnaba los ámbitos de investigación, por lo que puede apreciarse una base bíblica, mediante la interpretación fundamentalista y literal de la Sagrada Escritura incluyendo el relato de creación. La necesidad de establecer correspondencias entre el relato bíblico y la teoría de diseño hizo a los creacionistas fijar la antigüedad de la Tierra en unos 6000 años, presupuesto que fue derruido por la posibilidad de medir la antigüedad de las capas geológicas a partir de las teorías de Humboldt, Ritter y James Hutton, entre otros.

Según los creacionistas, el diluvio sucedería en el año 1700, tiempo en el que el ser humano habría convivido con los dinosaurios según esta misma teoría. Esta adecuación se debió sobre todo a la influencia de las teorías plutonistas, que suponían que los cambios geológicos se debían principalmente a grandes catástrofes marinas que habrían inundado el planeta en ciclos periódicos. Los plutonistas se apoyaron en el hecho de encontrar fósiles marinos en montañas y sierras.

La discusión para los cristianos es supuestamente teológica, existiendo entre los protestante la Teoría Era-Día. Así se apoyan en los fallos de cálculo del método del Carbono 14 y el radiactivo para fechar fósiles, en el «falso» carácter científico que atribuye Popper a la Evolución (a pesar de que éste no afirma en ningún momento haber dudado del hecho de la Evolución) y en el hallazgo de una civilización a 100 metros de profundidad bajo el Mar Negro, así como las supuestas pruebas encontradas en el Monte Ararat en Turquía a 4200m de altura bajo metros de hielo y nieve que «confirmarían» la existencia del Arca de Noé (y con ello el Diluvio). La madera recuperada reveló una edad que oscila entre 1.200 y 5.000 años . (Fuente: «Search of Noah's Ark» / «En busca del arca de Noé», Dave Balsiger y Charles E- Sellier, Jr., Sun Classic Books)

Consideraciones de la Iglesia Católica al respecto

Veamos que dice la I.C.A.R. en L´Osservatore Romano dado el carácter innegablemente religioso de la cuestión. (Texto publicado en L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 25-X-96, p. 5 (553). El texto oficial se encuentra en «AAS 89» (1997), pp. 186 ss.)

«En cuanto al aspecto puramente naturalista de la cuestión, ya mi inolvidable predecesor, el Papa Pío XII, en la Encíclica Humani Generis, llamaba la atención en 1950 sobre el hecho de que el debate referente al modelo explicativo de evolución no es obstaculizado por la fe si la discusión se mantiene en el contexto del método naturalista y de sus posibilidades [...]. Según estas consideraciones de mi predecesor, una fe rectamente entendida sobre la creación y una enseñanza rectamente concebida de la evolución no crean obstáculos: en efecto, la evolución presupone la creación; la creación se encuadra en la luz de la evolución como un hecho que se prolonga en el tiempo – como una «creatio» continua – en la que Dios se hace visible a los ojos del creyente como Creador del cielo y de la tierra» (Cf. L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 7-VII-85, p. 4 (400)).

«El Magisterio de la Iglesia no prohíbe que, según el estado actual de las ciencias y de la sagrada teología, se trate en las investigaciones y disputas de los entendidos en uno y otro campo, de la doctrina del ‘evolucionismo’, en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva y preexistente —pues las almas nos manda la fe católica sostener que son creadas inmediatamente por Dios» (Pío XII, Humani Generis, 1950, DS 3896; cf. E. Denzinger, El magisterio de la Iglesia, Herder, Barcelona 1963, nº 2327).

«Este texto [Génesis] tiene un alcance sobre todo religioso y teológico. No se pueden buscar en él elementos significativos desde el punto de vista de las ciencias naturales. Las investigaciones sobre el origen y el desarrollo de cada una de las especies ‘in natura’ no encuentran en esta descripción norma alguna ‘vinculante’, ni aportaciones positivas de interés sustancial. Más aún, no contrasta con la verdad acerca de la creación del mundo visible —tal como se presenta en el libro del Génesis—, en línea de principio, la teoría de la evolución natural, siempre que se la entienda de modo que no excluya la causalidad divina» (cf. L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 2-II-86, p. 3 (51))

León XIII, encíclica Providentissimus Deus: «... porque, no pudiendo en manera alguna la verdad oponerse a la verdad, necesariamente ha de estar equivocada o la interpretación que se da a las palabras sagradas o la parte contraria» (cf. Leonis XIII Pont. Max. Acta, Vol. XIII, 1894, p. 361). Cf. Juan Pablo II, discurso a la Sesión Plenaria de la Pontificia Academia de las Ciencias, 31 de octubre de 1992, L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 13-XI-92, pp.6-8 (634-636). Cf. Pontificia Comisión Bíblica, «La interpretación de la Biblia en la Iglesia», Librería Editrice Vaticana, Città del Vaticano, 1993, pp.63-66: «F. Lectura fundamentalista».

P. Teilhard de Chardin: «La evolución ha dejado de ser desde hace mucho tiempo una hipótesis para convertirse en una condición general del conocimiento (una dimensión nueva) a la que deben satisfacer todas las hipótesis» («L´apparizione dell´uomo», Il Saggiatore, 1979, p. 258; las traducciones del italiano son nuestras): «¿Una teoría, un sistema, una hipótesis la evolución...? Absolutamente no, sino mucho más que eso: una condición general a la que deben conformarse y satisfacer ya todas las teorías, hipótesis, sistemas, si quieren ser pensados y verdaderos» («Il fenomeno umano», p. 204).

La oposición Creacionismo-Evolucionismo

«Creacionistas»: posición de tipo fundamentalista, que excluye de pleno la teoría de la evolución, por interpretar la Biblia de modo literal, y por considerar que tal teoría es fruto de una ideología materialista y atea, o al menos agnóstica y cientificista. Este grupo se atrinchera en una posición «fideísta», en contraposición al racionalismo que predomina en la ciencia moderna y en el Magisterio de la Iglesia Católica. Se trata de un «movimiento» de carácter militante, y aunque es más bien minoritario, se hace sentir por su actitud proselitista. Se da no sólo en el ámbito protestante, sino también en algunos núcleos católicos de tipo integrista-tradicionalista.

«Evolucionistas»: Su índole es racionalista, «agnóstica», materialista, cientificista, e ilustrada. Esta corriente de pensamiento es por ahora la predominante en el orden científico e incluso de la opinión pública, gracias al apoyo de la mayor parte de los medios de comunicación social. En algunos casos tiene también un carácter proselitista, como puede observarse en algunas de sus publicaciones o en ciertas páginas de Internet. Sin embargo la dignidad de estas consideraciones es propiamente científica y, como antes citábamos del propio texto de Juan Pablo II, «conformadora» de nuestra racionalidad presente.

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