«Contra lo divino»

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Luis Carlos Martín Jiménez

«Contra lo divino»

20 de diciembre de 2021


La conferencia presenta una crítica materialista y sistemática de la idea de lo divino, explorando su relación con la cultura, el arte y la fenomenología de los objetos sagrados a lo largo de la historia. Se enfatiza que la filosofía es esencialmente un pensamiento «contra» algo o alguien, lo que lleva a una postura atea frente a las construcciones teológicas y metafísicas.

Se argumenta que Dios no es una idea real, sino una pseudoidea comparable a un «círculo cuadrado». Desde una perspectiva materialista, el concepto de lo divino carece de validez filosófica.

Siguiendo la clasificación de Gustavo Bueno, se identifican cuatro formas de religación con el sentido de la vida:

1. Con entes impersonales inertes, como la cultura y el arte.

2. Con términos personales y humanos, lo que implica lo sagrado.

3. Con términos impersonales pero cosmológicos, como la idea del cosmos.

4. Con términos vivos, incluyendo animales y seres humanos.

Se sostiene que la teología carece de contenido objetivo y es solo un conjunto de reflexiones sin base materialista. Se analiza la idea de «El animal divino», señalando que el concepto de lo divino desaparece cuando se disuelve la imagen del animal sagrado. Además, la iconoclastia se presenta como una constante en la historia, reflejando los conflictos ideológicos entre culturas.

Se examina el fenómeno del arte globalizado, donde las obras de arte se descontextualizan y son reinterpretadas bajo ideologías modernas como el feminismo, el antirracismo y el anticolonialismo. Un ejemplo de este proceso es la devolución de objetos artísticos a sus países de origen, lo que ha generado una transformación en la estructura de los museos y la historia del arte.

Se estudia el papel de los fetiches, ídolos y objetos de culto en diversas culturas, destacando cómo ciertos objetos adquieren poder sobre los sujetos. Este proceso ha sido clave en la formación de religiones y tradiciones espirituales.

La historia del arte ha estado dominada por una visión espiritualista que entiende el arte como la manifestación del espíritu humano. En contraposición, se propone una perspectiva materialista que analiza la evolución del arte en términos de procesos históricos y estructurales.

Desde Baumgarten hasta Heidegger, la estética ha sido entendida como una disciplina desligada del mundo material. Kant la definió como un juicio subjetivo sin referencia al objeto, mientras que el romanticismo y el expresionismo destacaron el papel del artista como genio creador. Hegel y Schelling interpretaron el arte como una manifestación del espíritu absoluto, y Heidegger lo vinculó con la revelación de la verdad del ser. Gustavo Bueno, en cambio, critica la estética por su carácter idealista, equiparándola con la teología en su falta de contenido material.

Se rechaza la idea de que el arte sea una manifestación del espíritu y se propone analizarlo como un conjunto de objetos materiales con funciones sociales. Se plantea que la estética es una ideología impuesta por el poder político y utilizada como herramienta de dominación cultural.

Se presentan ocho tipos de fetiches según su origen, estructura y función:

1. Instrumentales y derivados: Objetos rituales, máscaras ceremoniales, tótems.

2. Absolutos y derivados: Imágenes religiosas, esculturas devocionales.

3. Instrumentales y originarios: Amuletos, talismanes, varitas mágicas.

4. Absolutos y originarios: Iconos ortodoxos, reliquias sagradas, escrituras divinas.

5. Derivados e instrumentales: Obras de arte en el mercado, fetichización económica.

6. Derivados y absolutos: La firma del artista como fetiche, el aura del arte.

7. Originarios e instrumentales: Símbolos de poder político o religioso.

8. Originarios y absolutos: Objetos con valor puro, como las pirámides o estatuas icónicas.

El mercado y la propaganda determinan el valor del arte, independientemente de su calidad intrínseca. Marx describió el fetichismo de la mercancía como un fenómeno en el que los objetos adquieren un valor ajeno a su función real. Walter Benjamin señaló que la reproducción técnica destruye el «aura» del arte, mientras que Baudrillard argumentó que el arte moderno se ha convertido en una simulación, una ilusión sin contenido real.

Se establece una distinción clave entre ídolos y fetiches: los ídolos, según la tradición cristiana, representan falsas divinidades sin poder real, mientras que los fetiches poseen una fuerza atribuida. En este sentido, el arte moderno funciona más como un ídolo que como un fetiche, ya que su valor depende de la percepción del observador y la subjetividad del artista. Con la pérdida de la sacralidad del arte, este se reinterpretó en términos conceptuales y psicológicos, como ocurre con el arte conceptual.

Los románticos, por su parte, vieron la poesía como el sustituto de lo divino. Autores como Blake, Novalis y Rilke afirmaban que la palabra poética tenía la capacidad de crear lo sagrado, transformando la experiencia humana a través del lenguaje.

El arte no solo tiene una función estética, sino que es también un símbolo de poder y dominación. A lo largo de la historia, han existido numerosos fetiches políticos, como banderas, himnos y estatuas nacionales. La iconoclasia política se ha manifestado en la destrucción de estos símbolos como una forma de eliminar el poder que representan, desde la quema de banderas hasta el derribo de monumentos.

Ejemplos históricos de esta práctica incluyen la Revolución Francesa, en la que se destruyeron miles de monumentos monárquicos, y los regímenes comunistas, que eliminaron estatuas zaristas y soviéticas. En la actualidad, el arte sigue siendo utilizado como herramienta ideológica, especialmente en movimientos como el feminismo, el anticolonialismo y el ecologismo.

Se identifican tres grandes fases históricas en la evolución del fetichismo:

1. Fase primaria (60,000 - 12,000 a.C.): Dominada por el totemismo, el chamanismo y el culto a la naturaleza.

2. Fase secundaria (12,000 - 1,000 a.C.): Desarrollo de religiones organizadas, templos y estructuras sacerdotales.

3. Fase terciaria (1,000 a.C. - actualidad): Estados e imperios emplean el arte como herramienta de poder político y religioso.

Durante la Edad Media, el arte estuvo al servicio de la religión, mientras que en la Edad Moderna, con el Renacimiento y la Revolución Industrial, el arte se desvinculó del culto y se convirtió en un objeto estético o mercantilizado.

La historia del arte no solo se define por la creación de imágenes, sino también por su destrucción sistemática. Algunos ejemplos clave de iconoclasia incluyen:

  • Atenas (480 a.C.): Destrucción de la Acrópolis por los persas.
  • Alejandro Magno (330 a.C.): Incendio de Persépolis como venganza contra los persas.
  • Imperio Bizantino (siglo VIII): Querella iconoclasta, destrucción de imágenes religiosas.
  • Conquista islámica: Prohibición y eliminación de imágenes cristianas.
  • Revolución Francesa (1789): Derribo de estatuas monárquicas.
  • Comunismo (siglo XX): Eliminación de monumentos zaristas y soviéticos.
  • Guerras y protestas actuales: Derribo de estatuas en respuesta a cambios políticos y sociales.

Este ciclo de creación y destrucción de símbolos demuestra cómo el arte siempre ha estado vinculado al poder y a las luchas ideológicas.

A partir del siglo XX, el arte contemporáneo ha intentado recuperar la magia y el misticismo que había perdido. Algunos ejemplos de este fenómeno incluyen:

  • Surrealismo: André Breton defendía la idea de que el arte debía recuperar su dimensión mágica.
  • Picasso: Influenciado por el arte primitivo africano, concebía el arte como una forma de exorcismo.
  • Dalí: Desarrolló el «misticismo nuclear», una visión del arte con una dimensión metafísica.
  • Andy Warhol: Transformó a Marilyn Monroe en un ícono moderno, comparable a un díptico religioso.
  • Arte feminista y anticolonialista: Busca recuperar la identidad cultural y política de ciertos grupos, resignificando el valor simbólico del arte.

Aunque el arte ha perdido su aura sacra, sigue funcionando como un objeto de poder y dominación. En la actualidad, los museos y el mercado del arte han reemplazado los templos, convirtiendo las obras en fetiches comerciales.

El arte contemporáneo se mueve entre la banalización y el intento de recuperar su significado original, reflejando un ciclo constante de sacralización y destrucción de los objetos artísticos a lo largo de la historia.