Fetichismo

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Fetichismo –como religión, y como otros muchos términos del vocabulario antropológico (comenzando por el término «cultura»)–, son términos teóricos que se utilizan, unas veces, con pretensiones descriptivas (axiológicamente neutras), y otras veces, con intenciones normativas (axiológicamente polarizadas, de modo positivo o negativo). «Religión» tendría una connotación normativa ambivalente (positiva para unos, negativa para otros), mientras que «fetichismo» se sobreentenderá en un sentido claramente negativo (axiológica y normativamente negativo) como designando, por ejemplo, formas de conducta propias de los pueblos salvajes, o procesos de hipóstasis lógicas ilegítimas (el «fetichismo de la mercancía», del que habló Marx), o bien en su acepción psiquiátrica, como designando formas de la conducta patológica, una «sinécdoque» de la libido, podríamos decir. (El fetichismo, en los cuadros nosológicos de la Psiquiatría, figura como una perversión sexual.)

Sin duda, estas connotaciones axiológicas están en función de las concepciones globales ideológicas del grupo social al que pertenece quien habla. Un católico estará inclinado a utilizar el término «religión» con una connotación axiológica positiva, mientras que «fetichismo» será para él una degeneración, o un pecado (no necesariamente sexual), mientras que «cultura» será ambivalente. Pero no solamente un católico utiliza el término «fetichismo» con una connotación negativa; también el «racionalista ilustrado», y esto en función, obviamente, de sus coordenadas ideológicas globales respectivas.

Por nuestra parte, «reivindicamos» el fetichismo para subrayar las consecuencias que, desde el materialismo filosófico, podrían derivarse en orden al entendimiento del fetichismo como algo que, en modo alguno, puede considerarse siempre «aberración», «perversión», «degeneración», o «primitivismo» de la conducta humana, sino como una institución cuyas raíces acaso están plantadas en la arquitectura misma de la vida humana, y no sólo en las fases en las cuales ella comenzó a constituirse como un reino distinto del orden de los primates, sino en la actualidad.

He aquí los tres pares de alternativas que envuelven siempre cualquier análisis emic de los fenómenos fetichistas:

(I) Primer criterio, de orden estructural, es decir, relativo a la misma naturaleza del fetiche en cuanto tal. El objeto fetiche:

(A) ¿Tiene su valor, cobra su «prestigio» sui generis como fetiche, en virtud de su misma corporeidad, de su misma entidad física?, o bien,

(B) ¿Tiene su valor, o toma su «prestigio» como fetiche, en cuanto es recipiente de un espíritu residente capaz de emigrar a otras habitáculos?

La distinción entre el supuesto (A) y el supuesto (B) (la distinción entre fetiches sustanciales y fetiches habitáculos) no es siempre clara, dada la ambigüedad del concepto de «espíritu residente». Nosotros nos inclinaríamos por la opción A, siempre que el cuerpo del fetiche desempeñe un papel central en la condición de fetiche, por ejemplo, como objeto capaz de concentrar en unión sustancial una energía cósmica que, sin embargo, puede recibir de su entorno, o que, incluso, fluye a su través.

(II) Segundo criterio, de orden genético: cualquiera que sea la naturaleza del fetiche (sustancial o habitáculo), tendremos siempre que decidirnos entre la tendencia a considerar al fetiche como poseyendo su valor de tal, en virtud de la misma configuración de su cuerpo –y entonces hablaremos de «fetiche originario»; o bien, si el valor de fetiche lo ha adquirido como resultado de su contacto con otras entidades que tenían ya, por sí mismas y previamente, ese valor excepcional –y entonces hablaremos de «fetiche derivativo». Con frecuencia un objeto es fetiche tras haber sido tallado por un fabricante y aunque no medie ninguna ceremonia de confirmación como tal fetiche, ¿no serán las propias operaciones del fabricante los canales por los cuales se le comunica su valor de fetiche?

(III) El tercer criterio es de orden funcional teleológico y nos lleva a distinguir dos casos, según que el valor del fetiche esté dado por su referencia a sí mismo (podríamos hablar de fetiche absoluto, no porque carezca de toda relación, sino porque como tal fetiche no la muestra y, por decirlo así, no es un mediador hacia otros fines, sino el fin de las demás relaciones), o bien, está dado con referencia a otros términos o fines (protección de tormentas, arma de ataque, etc.) Hablaremos en este segundo caso, en general, de fetiches instrumentales.

Fetichismo.jpg

En general situaríamos al fetichismo, según su núcleo originario, en el eje radial del espacio antropológico –así como situamos a la religión en el eje angular, y al chamanismo en el eje circular. El Museo, el Templo, o el Senado son instituciones propias de la civilización, en las que siguen viviendo respectivamente, el fetichismo, la religión, o el chamanismo. Pero no quedan encerrados en el recinto de esas instituciones. Las desbordan constantemente, sin que por ello tengan que confundirse, en principio, entre sí. El fetichismo no es la religión, ni siquiera su primera fase: el Sol y la Luna no serían originariamente dioses sino fetiches naturales, y las escuelas panbabilonistas habrían errado en lo fundamental al poner el culto al Sol y a la Luna en la génesis de la religión. Más aún, el fetichismo y la religión no sólo dimanarían de fuentes distintas, sino que muchas veces sus fuentes darían lugar a efectos incompatibles. Fetichismo, tal como lo entendemos, implica la «consagración» de los cuerpos objetivos, según la irrevocabilidad de aquellas formas suyas que, aun procedentes de la actividad humana, hayan alcanzado una situación de estabilidad tal, que las preserva del cambio y las emancipa de esas mismas operaciones humanas generadoras. Pero la religión dice esencialmente relación a la «conducta» operatoria de los sujetos numinosos, implica situaciones de ataque, ocultamiento, capacidad de modificar cualquier objeto, incluyendo su aniquilación y la posibilidad de volverlo a crear de otro modo.

La diferencia radical de fetiches y dioses, de fetichismo y religión, no excluiría que sus desarrollos puedan ir entretejidos y que, en el plano de los fenómenos, la distinción entre ambos pueda llegar a convertirse muchas veces poco menos que en una distinción de razón. Pero, sobre todo, el entretejimiento tendría lugar en la forma de un deslizamiento mutuo, y no necesariamente ocasional. En efecto, se comprende que el fetichismo, en el sentido dicho, tienda siempre a extenderse por el ámbito mismo de la religión, e incluso «a recubrirla», si tenemos en cuenta que no hay númenes espirituales puros y que, si todo numen genuino es corpóreo, será también, por consiguiente, un fetiche virtual. Sólo virtual, pues el numen animal es mortal, frente a un fetiche cristalino. Sin embargo, si no ya el animal numinoso, sí partes suyas bien conservadas –una momia, un cráneo, etc.–, podrán ser convertidas en fetiches. La recíproca no es tan obvia, aunque es probable que, dado un fetiche, tarde o temprano, termine por alojarse en él, en determinadas circunstancias, algún numen. De este modo, el culto al fetiche podrá comenzar a desarrollarse como culto religioso. El entretejimiento, en consecuencia, entre los fenómenos fetichistas y los fenómenos religiosos, puede preverse como un proceso regular, incluso en el seno de una religión superior. Las mandalas, y otros objetos utilizados para fijar la atención de los fieles en muchas prácticas budistas, tienen, sin duda, un alto grado de concentración fetichista, así como también lo tiene el culto a las reliquias (desde el culto al diente de Buda, hasta el culto al brazo momificado de Santa Teresa). El culto fetichista, desarrollado en el seno mismo de una atmósfera religiosa, puede adquirir la pureza, casi estética, propia de ciertas terapias orientadas a la consecución de la tranquila posesión de una identidad referencial, cuya funcionalidad social puede llegar a ser muy grande. La Virgen del Rocío, pese a su denominación habitual («La blanca Paloma») acaso funciona, más que como numen, como fetiche estético, como piedra miliaria en el tiempo social y psíquico de miles y miles de andaluces que encuentran, en su simple contemplación, el principio de su tranquilidad espiritual.

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