Fetichismo / Religión (planteamiento de la cuestión) en el Diccionario filosófico de Pelayo García Sierra
El fetichismo y la religión mantienen una vinculación que, en el ámbito de las ciencias de la religión y de la filosofía de la religión, adopta significados radicalmente opuestos según se interprete como una relación de semejanza o de contraste. En unos casos, el fetichismo se concibe como una forma primitiva de religión, acaso la más elemental, o bien como una degeneración tardía de ella; en otros, se presenta como un fenómeno genéticamente distinto, incluso competidor con los orígenes religiosos propiamente dichos, derivado de fuentes antropológicas que nada tienen que ver con la génesis de lo religioso. Esta asociación —ya sea de semejanza, ya sea de oposición o de mera contigüidad— resulta constante en los tratados generales de ciencias de la religión, donde el fetichismo suele ocupar un capítulo específico, y se impone también en la filosofía de la religión, que necesita confrontar los fenómenos englobados bajo ese rótulo para delimitar el alcance y los límites virtuales de lo religioso, tanto si se clasifica el fetichismo entre los fenómenos religiosos como si se lo considera una figura de naturaleza enteramente distinta, aunque susceptible de interferencias probadas.
Tanto el término «fetichismo» como el de «religión» (y otros conceptos antropológicos fundamentales, comenzando por el de «cultura») funcionan como términos teóricos que oscilan entre un uso descriptivo, axiológicamente neutro, y un uso normativo, polarizado positiva o negativamente. Mientras que «religión» presenta una connotación axiológica ambivalente —positiva para unos, negativa para otros—, «fetichismo» suele cargarse de un sentido claramente peyorativo: designa formas de conducta propias de pueblos «salvajes», procesos de hipóstasis lógica ilegítima (como el «fetichismo de la mercancía» analizado por Marx) o, en el terreno psiquiátrico, una perversión sexual entendida como sinécdoque patológica de la libido. Estas connotaciones axiológicas dependen, en cada caso, de las coordenadas ideológicas globales del hablante: un católico tenderá a ver en el fetichismo una degeneración o un pecado (no necesariamente sexual), mientras que un racionalista ilustrado lo rechazará como residuo irracional; en ambos casos, sin embargo, el término conserva su carga negativa.
Frente a estas interpretaciones espiritualistas o positivistas, una perspectiva materialista filosófica reivindica el fetichismo en algunas de sus formas —acaso las más importantes en la actualidad— y subraya que, lejos de poder considerarse siempre una aberración, una perversión, una degeneración o un primitivismo, constituye una institución cuyas raíces se hunden en la propia arquitectura de la vida humana. No se trataría, pues, de un fenómeno circunscrito a fases arcaicas de la evolución de los primates hacia el reino humano, sino de una dimensión que persiste y se actualiza en la misma constitución antropológica presente. Desde este punto de vista, el fetichismo no es un residuo superable ni un error lógico o moral, sino una de las formas en que la materialidad humana se organiza y se reproduce, exigiendo por ello un análisis filosófico que lo integre, más allá de las valoraciones axiológicas preconcebidas, en la comprensión global de la conducta y de la cultura.