Idea de Historia y sus determinaciones en el Diccionario filosófico de Pelayo García Sierra
Idea de Historia y sus determinaciones en el Diccionario filosófico de Pelayo García Sierra
La idea de Historia, entendida como «historia del hombre», se articula según una estructura predicativa en la que «hombre» desempeña el papel de sujeto lógico y «historia» el de predicado lógico. A partir del sujeto humano cabe obtener las determinaciones de esta idea siguiendo tres ejes principales: los predicables porfirianos (o análogos) según los cuales el predicado se identifica con el sujeto, los diferentes valores de amplitud atribuidos al sujeto y los distintos valores holóticos atribuibles al predicado mismo.
Según los predicables, la predicación según el género concibe la historia del hombre como un episodio particular de una historia natural y evolutiva más amplia que abarca a los primates, los mamíferos o incluso los vertebrados, de modo que lo histórico aparece como parte esencial pero no exhaustiva del sujeto. La predicación según la diferencia, en cambio, toma la historia como la nota específica que distingue al hombre de otras especies del género homo (australopitecos, pitecántropos, etc.), tal como propuso E. Quinet. La predicación según el propio interpreta la historia como algo que conviene al hombre entero y sólo a él, aunque no siempre: la condición histórica correspondería internamente a una etapa determinada de la evolución humana, como en la concepción agustiniana (el hombre deviene histórico por la caída y el pecado original, y sale de la historia en el Juicio final) o en la tesis de Kojève-Fukuyama (el hombre posthistórico ya no vive en la Ciudad de Dios, sino en la Tierra). Por último, la predicación según el accidente considera que la historia no afecta a la esencia universal del hombre, sino sólo a regiones parciales y aislables: existiría historia de Roma, de la Unión Soviética o del automóvil, pero no historia del hombre en cuanto tal. La línea que separa el accidente de los otros cuatro predicables coincide con la que divide la concepción historicista del hombre (en la que la historia le es esencial) de la concepción antropologista (en la que la historia le es accidental).
En función de la amplitud atribuida al sujeto «hombre» se distinguen, cruzando los criterios extensional (particular/universal) e intensional (sectorial o especial/general), cuatro tipos fundamentales: historia especial particular (por ejemplo, «Historia del derecho español»), historia especial universal («Historia universal del derecho»), historia general particular («Historia general de España», que abarca derecho, economía, política, etc.) e historia general universal (que, de ser posible, sería global y abarcaría toda la humanidad en todos sus órdenes). Es más probable la realización de historias especiales que de historias generales; el significado pleno de una historia universal sólo cristaliza cuando alguna parte (Estado o Iglesia) asume la misión efectiva de reorganizar la totalidad de la humanidad.
Finalmente, atendiendo a la estructura holótica del predicado «historia» —esto es, a la distinción entre totalidades atributivas y totalidades distributivas, cruzada a su vez con la oposición particular/universal—, surgen cuatro configuraciones posibles. Esta distinción adquiere especial relieve en el análisis de las versiones del materialismo histórico. La dialéctica de clases distributivas respecto de los Estados (la versión tradicional marxista) concibe el Estado como aparato de apropiación de tributos o bienes colectivos surgido en el seno de la sociedad natural (gentilicia o tribal), ya sea por expropiación violenta o pacífica. Tal análisis, sin embargo, resulta empobrecido porque deja fuera el componente militar vinculado a la guerra, que no es un proceso interno a una sola sociedad natural sino que implica necesariamente la relación entre dos o más sociedades. Por ello se propone invertir la relación: la dialéctica de los Estados (sobre todo imperialistas), entendidos como unidades de apropiación global de territorios, riquezas y poblaciones frente a otras unidades expropiadas, resulta ser el motor más adecuado de la historia. La clase universal (el «proletariado universal») postulada por el Manifiesto comunista no es más que una idea límite y no puede desempeñar esa función motriz. Además, la misma idea de sociedad natural asentada en un territorio implica ya la propiedad privada en su momento originario, lo que cuestiona el supuesto «derecho natural» de toda ocupación secular y, por tanto, la pretendida radical injusticia de toda empresa colonial o imperialista. Desde la perspectiva del Género Humano (argumentada ya por Luis Vives, Vitoria y los clásicos del anarquismo y del marxismo), los indios precolombinos se habían apropiado ya de las tierras americanas, de modo que la pregunta por los títulos de propiedad no se resuelve simplemente en términos de una posesión inmemorial interna a cada sociedad distributivamente considerada. De este modo, las determinaciones de la idea de Historia resultan inseparables de una ontología y de una gnoseología que evitan tanto su disolución en una totalidad abstracta como su reducción a un mero relato accidental.