Protágoras de Platón

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Este diálogo comienza cuando el sofista Protágoras visita Atenas. Sócrates, el filósofo, espera con impaciencia su llegada y las profundas conversaciones que traerá consigo su presencia. Cuando su joven amigo Hipócrates desea ser alumno de Protágoras, Sócrates empieza a preguntarse qué es lo que enseña un hombre así. Entonces se lo pregunta a Protágoras, quien responde que enseña política y retórica, que se basan en la bondad y la virtud, y afirma que su alumno será cada vez mejor después de cada clase. En definitiva, afirma que en última instancia enseña una cosa: la virtud. Al oír esto, Sócrates se opone ligeramente a esta afirmación; cree que el bien y la virtud no son algo que se enseñe de la misma manera que la música o la aritmética. Protágoras rebate esta afirmación mostrando que el reino de la política se basa en la virtud; depende de que todos la posean. Cuando se castiga a alguien por una acción, el propósito no es vengarse de sus actos, sino corregirlos para el futuro. La consecuencia le enseña a ser bueno. Protágoras pronuncia entonces un largo discurso sobre cómo el bien es enseñado por todos en la vida cotidiana, a lo que Sócrates está de acuerdo. Explica que primero lo enseñan las madres y los padres, las enfermeras y las criadas, desde la edad más temprana en que un niño es capaz de comprender la disciplina. Cuando se envía a un niño a la escuela, se espera que respete las normas y a las autoridades, y sus instructores no sólo le enseñan lo académico, sino también los comportamientos correctos y el sentido común. A través de la poesía y la música, que fortalecen el alma en ritmo, armonía y sabiduría, se le enseña la virtud y es capaz de alcanzarla. Ambas partes quedan entonces satisfechas al llegar a la conclusión de que el bien se aprende, y no está dentro de uno mismo por naturaleza.

Después de establecer que la enseñanza del bien es posible, Sócrates y Protágoras discuten la definición real del bien, junto con su composición. Sócrates afirma que se compone de las virtudes sabiduría, valor, justicia, piedad y templanza; no para que el bien sea una entidad propia y estas virtudes sean simplemente partes, sino para que estos componentes constituyan el bien mismo. Esto es contrario a lo que cree Protágoras, ya que supuestamente el bien puede alcanzarse en ausencia de algunas de estas cosas, especialmente porque el valor parece diferir mucho de las otras virtudes. Pero entonces Sócrates presenta una analogía: estas virtudes separadas componen el bien igual que facultades muy poco similares componen un rostro entero. En otras palabras, las virtudes no tienen por qué ser sinónimas entre sí para ser partes necesarias del bien. Protágoras argumenta que muchas cosas se contradicen cuando se trata del bien. La bondad no se encuentra en el placer físico del momento, ya que a la larga resulta en lo contrario de la virtud; más bien, se encuentra en la plenitud del alma, y puede costar dolor y dificultades llegar a ella. Así lo demuestra un poema que cita Protágoras. Parece contradecirse, ya que una parte expresa que llegar a ser bueno es duro, y luego otra sección expresa la crítica en quien dice que «ser bueno es duro». A esta observación responde Sócrates, y señala que ser bueno es muy distinto que llegar a serlo. Llegar a ser bueno puede ser una dificultad, ya que hay muchos impulsos y lujurias que uno se siente impulsado a satisfacer, y para alcanzar la bondad hay que luchar contra esos impulsos. Pero una vez alcanzado el bien, es difícil degenerar, ya que con el bien se fortalece el alma.

Lo que impide que uno vuelva a la condición no virtuosa original, o que alimente los deseos, es una cosa: el conocimiento. El conocimiento es la virtud de la que hablan los filósofos como la que une a todas las demás. Dicho esto, funcionan como un sistema cooperativo. La valentía sin conocimiento es estupidez, y la valentía sin sabiduría también es idiotez. Así que con todas estas conclusiones, Sócrates y Protágoras pueden llegar al consenso final de que el Bien es enseñable, ya que el conocimiento es una virtud muy importante, y el conocimiento es definitivamente enseñable.