Teoría de las ciencias históricas en el Diccionario filosófico de Pelayo García Sierra
Teoría de las ciencias históricas en el Diccionario filosófico de Pelayo García Sierra
La teoría de las ciencias históricas parte de la constatación de que toda construcción histórica se edifica necesariamente sobre ruinas, vestigios, documentos y monumentos, a los que conviene designar genéricamente como reliquias. El historiador no se limita, sin embargo, a permanecer inmerso en ellas; las puebla de «fantasmas», entidades que no son construcciones gratuitas ni meros productos de la imaginación subjetiva. Estos fantasmas del pretérito funcionan como el soporte mínimo de las operaciones del plano beta-operatorio, mediante las cuales las reliquias son reconstruidas de modo que puedan remitir al descubrimiento de futuras reliquias. Sólo en este sentido limitado y preciso puede atribuirse a la Historia científica un valor predictivo positivo: los fantasmas operan exclusivamente en la Historia fenoménica como enlaces que conectan entre sí reliquias diferentes.
La unidad de la ciencia histórica fenoménica y sus relaciones con otro tipo de Historia científica de rango superior —denominada Historia teórica— se establecen recurriendo al criterio general de la oposición entre metodologías alfa-operatorias y metodologías beta-operatorias. La Historia fenoménica se organiza en torno a las reliquias y a los procedimientos de paso desde ellas hasta los fenómenos pretéritos, mientras que la Historia teórica agrupa un conjunto heterogéneo de ciencias (de índole social, política, económica y cultural) que operan ya en un plano más abstracto y sistemático, sin constituir por ello una «Historia total» unitaria.
El análisis gnoseológico revela que, en las ciencias históricas, se produce un fenómeno análogo al que ocurre en las ciencias físicas: las «esencias» resultan ser, en el orden del ser (ordo essendi), reflejo de los fenómenos, pero gnoseológicamente ocurre lo inverso. Así como el espectro es el reflejo del átomo, pero el átomo de Bohr se construye científicamente a partir del espectro, el pasado histórico es, para la ciencia, el reflejo del presente (reflejo de las reliquias) y no a la inversa. Toda construcción histórica comienza, por tanto, con el anacronismo inevitable de los fenómenos y de las reliquias, así como de quienes las han producido o trabajado. El pasado al que se accede tras la reconstrucción sobre las reliquias no debe ser tratado como una realidad coexistente con el fenómeno presente, sino como una irrealidad ontológica que, sin embargo, aparece encubierta por el uso de significantes verbales («fue», «ha sido») gramaticalmente tan positivos y asertóricos como los que designan el presente («es»).
Las tareas centrales de la teoría de las ciencias históricas consisten, pues, en el análisis riguroso de los mecanismos de transición (o construcción, regressus) que parten de las reliquias para alcanzar los fenómenos pretéritos, así como de los procedimientos de enlace entre estos fenómenos que, a su vez, deben conducir de nuevo hacia reliquias (progressus) y, eventualmente, hacia la predicción de un futuro fisicalista. Este futuro, cuando es científicamente predecible, lo es porque se encuentra ya coordinado de manera determinista con nuestro sistema presente, aunque nos permanezca desconocido. Gnoseológicamente, lo que se denomina «futuro determinado» no puede ser otra cosa que el conjunto aún no descubierto de las reliquias que, en su momento, habrán de testimoniarlo. De este modo, la ciencia histórica se configura como un saber que, partiendo siempre de lo dado en el presente, construye un pasado irreal mediante operadores fantasmáticos para, eventualmente, proyectarse hacia un futuro que sólo será cognoscible cuando se haya convertido, a su vez, en reliquia.