Teoría del cierre categorial, volumen 5
Teoría del cierre categorial
Volumen 5
Pentalfa, Oviedo 1993
La obra empieza con una exposición del adecuacionismo como una concepción gnoseológica de las ciencias, tomando como punto de partida la definición clásica de verdad de Santo Tomás de Aquino, atribuida a Isaac Israeli: veritas est adaequatio intellectus et rei (la verdad es la adecuación del entendimiento con la cosa). Esta definición, de raíz escolástica, plantea la verdad como una relación entre el entendimiento especulativo —que actúa como un espejo reflejando la realidad— y la cosa reflejada, empleando una metáfora óptica que, aunque sugerente, resulta ambigua. Gustavo Bueno desarrolla esta idea para proponer el adecuacionismo como una familia de teorías de la ciencia que conciben el conocimiento científico como una representación adecuada de la realidad, distinguiéndose de enfoques que priorizan la ficción o el engaño. Se presentan dos variantes iniciales: una exclusivista, que ve a las ciencias como el único medio de alcanzar verdades adecuadas, y otra no exclusivista, que las considera un modo entre otros, comparándolas con conocimientos intuitivos o metafísicos. Sin embargo, el autor advierte que este adecuacionismo tradicional, ligado a la metáfora especular, tiende a equipararse al realismo de manera simplista, lo que lo hace insuficiente desde una perspectiva gnoseológica rigurosa, ya que conceptos como «conocimiento» y «realidad» quedan indefinidos y dependientes de interpretaciones previas.
Para superar estas limitaciones, Bueno redefine el adecuacionismo desde el «cuerpo de las ciencias», entendido como un sistema estructurado con dos componentes principales: forma (estructuras teóricas) y materia (contenidos empíricos). El adecuacionismo se caracteriza por atribuir a ambos cierta autonomía en su desarrollo, mientras postula una correspondencia o armonía entre ellos que fundamenta la verdad científica. Esta redefinición evita circunscribirse a un realismo metafísico (fisicalista o teológico) y se centra en las relaciones internas del cuerpo científico, permitiendo explorar variantes realistas y no realistas. Por ejemplo, en Astronomía, un adecuacionismo aristotélico ve la realidad en los astros materiales, mientras un tomista la refiere a un Dios creador; en Matemáticas, un enfoque pitagórico-galileano postula una adecuación entre las matemáticas humanas y divinas. Estas diferencias ilustran la heterogeneidad del adecuacionismo tradicional y justifican la necesidad de una definición más amplia, basada en la distinción forma-materia y su interacción, que sirva como base para analizar las ciencias sin prejuicios metafísicos iniciales. Así, el adecuacionismo se posiciona como una tercera vía gnoseológica [III(1,1)], distinta del descripcionismo [I(1,0)], el teoreticismo [II(0,1)] y el materialismo lógico [IV(0,0)], combinando elementos de forma y materia en un equilibrio que lo distingue de enfoques más extremos.
Tabla de contenidos
- 1 Variedades del adecuacionismo: realista y neutro, y sus fundamentos
- 2 Aplicaciones del adecuacionismo: Tarski, estructuralismo y crítica desde el cierre categorial
- 3 Fundamentos y crítica general del adecuacionismo
- 4 Crítica al adecuacionismo realista y sus limitaciones
- 5 Crítica al estructuralismo y reformulación desde el cierre categorial
- 6 Reformulación del circularismo y autocrítica desde el materialismo gnoseológico
Variedades del adecuacionismo: realista y neutro, y sus fundamentos
El autor parte de la premisa de que el cuerpo científico, con sus capas formal y material, permite establecer una correspondencia que define la verdad científica, pero esta correspondencia puede fundamentarse de dos maneras principales: en el interior del cuerpo científico o en su entorno externo. Esto genera una distinción clave entre el adecuacionismo realista y el neutro. El adecuacionismo realista postula que la correspondencia entre forma (teorías) y materia (fenómenos) se basa en realidades externas al cuerpo científico, como un mundo físico o una ontología trascendente. Por ejemplo, en un contexto aristotélico, la realidad astronómica se limita a los astros materiales, mientras que en un tomista incluye un orden divino. En contraste, el adecuacionismo neutro evita comprometerse con el realismo o el idealismo, centrándose en las relaciones internas del cuerpo científico como un constructo histórico-cultural, sin postular un mundo exterior como fundamento. Este enfoque, influido por Kuhn, compara el desarrollo científico con procesos culturales como la evolución de las sinfonías o la tecnología, destacando su carácter dinámico y paradigmático.
La obra explora además la naturaleza de la relación de correspondencia, distinguiendo entre relaciones isológicas (basadas en isomorfismos o semejanzas estructurales) y sinalógicas (basadas en ajustes funcionales, como la metáfora de la llave y la cerradura). El adecuacionismo isológico, típico de enfoques como el de Reichenbach, busca una correspondencia estructural entre teorías y realidad, mientras el sinalógico, más pragmático, enfatiza la utilidad operativa sin exigir semejanza directa, como en las ecuaciones de Schrödinger que «abren» fenómenos atómicos sin reflejarlos isomórficamente. Esta dualidad enriquece la clasificación, permitiendo combinaciones entre fundamentos (realista o neutro) y tipos de relación (isológica o sinalógica). El adecuacionismo realista puede adoptar formas ontológicas diversas —materialista, panteísta, teológica—, dependiendo de la concepción de la realidad externa, mientras el neutro se alinea con análisis estructurales que priorizan la inmanencia del cuerpo científico. Desde el materialismo filosófico de Bueno, se rechazan versiones fundamentalistas que ven la realidad primera (por ejemplo, Dios) como garantía de la verdad, proponiendo en cambio un realismo basado en géneros de materialidad (fisicalista, etológica, esencial) con pertinencia gnoseológica específica según el tipo de ciencia.
En el realismo, el cuerpo científico está inmerso en un mundo real; en el enfoque neutro, el entorno se integra como componente interno, transformando la relación forma-materia en un proceso histórico-cultural. Esta diversificación prepara el terreno para analizar casos concretos, como el adecuacionismo de Tarski y el estructuralismo.
Aplicaciones del adecuacionismo: Tarski, estructuralismo y crítica desde el cierre categorial
La definición de Tarski se presenta como un caso de adecuacionismo realista, donde la verdad es un predicado metalingüístico que relaciona oraciones de un lenguaje-objeto (L) con su correspondencia en un metalenguaje (ML). Usando un ejemplo simplificado (por ejemplo, «el Cantábrico es un mar»), Tarski establece que una oración es verdadera si se corresponde con un estado de cosas, pero esta correspondencia no implica una adecuación metafísica entre entendimiento y realidad, como en Santo Tomás, sino una relación formal entre niveles lingüísticos. Aunque puede interpretarse como isológica o sinalógica, su enfoque positivo evita compromisos ontológicos profundos, distinguiéndose del tomismo por su carácter no metafísico. Sin embargo, la obra sugiere que la ambigüedad sobre el tipo de correspondencia (isológica o sinalógica) plantea problemas que requieren mayor análisis, prometidos para secciones posteriores.
El adecuacionismo neutro se explora a través del estructuralismo, que ve las teorías científicas como redes de formas (teorías) y materia (aplicaciones empíricas) internas al cuerpo científico, sin postular un fundamento externo. Influido por Kuhn, este enfoque rechaza el proposicionalismo deductivista (por ejemplo, Hempel, Popper), que reduce las teorías a sistemas de axiomas, y enfatiza la capa objetual —términos, operaciones, modelos— tratada mediante la teoría de conjuntos. Suppes, por ejemplo, axiomatiza la mecánica de partículas definiendo predicados conjuntistas (por ejemplo, conjunto de partículas P, tiempo T) que integran formas matemáticas y materia física, aunque la obra critica esta reducción por presuponer un campo físico ya matematizado, ignorando su génesis operativa. Sneed y Stegmüller amplían esta perspectiva con una visión tetrádica de las teorías —núcleo, aplicaciones, entorno social, intervalo histórico— y descomponen el núcleo en modelos potenciales, actuales, parciales y condiciones de ligadura, representables en grafos. Esto permite captar la complejidad y dinámica de las teorías, superando el formalismo lineal del proposicionalismo, pero se critica su falta de fundamentación gnoseológica y su dependencia residual de la teoría de conjuntos, que distorsiona los campos científicos al proyectarlos en un marco matemático universal.
Desde la teoría del cierre categorial, Bueno contrasta ambos enfoques. Frente al realismo de Tarski, propone que la verdad científica no depende solo de correspondencias lingüísticas, sino de cierres categoriales que estructuran campos de conocimiento mediante contextos determinantes —estructuras objetuales que trascienden lo proposicional—. Frente al estructuralismo neutro, critica su incapacidad para definir una estructura gnoseológica específica, sugiriendo que los paradigmas de Kuhn o los núcleos de Sneed son insuficientes sin los contextos determinantes, que diferencian las ciencias de otros procesos culturales. La continuidad con las partes previas radica en la búsqueda de un adecuacionismo que supere tanto el realismo metafísico como el neutralismo historicista, integrando forma y materia en un marco materialista que reconoce la complejidad y especificidad de las ciencias.
Fundamentos y crítica general del adecuacionismo
Desde el adecuacionismo, la ciencia se concibe como un proceso en el que un sujeto cognoscente (individual o colectivo) reproduce idealmente una realidad externa, estableciendo una correspondencia que, cuando es adecuada, constituye la verdad, y cuando falla, genera error. Esta concepción, aparentemente diáfana, permite interpretar la historia de la ciencia como una sucesión de errores y rectificaciones que refinan progresivamente la adecuación. Sin embargo, Bueno señala que esta claridad depende de supuestos metafísicos problemáticos: la disociación entre «entendimiento» y «realidad» como entidades autónomas, tratadas como si fueran inteligibles por sí mismas, lo que resulta insostenible al analizar las ciencias positivas en su escala gnoseológica específica.
Para superar esta limitación, Bueno propone redefinir el adecuacionismo desde el «cuerpo de la ciencia», un sistema estructurado por formas (teorías) y materia (dominios empíricos o ideales), evitando la sustantivación metafísica de ambos términos. La verdad científica se reformula como la adecuación entre las teorías y su dominio de referencia, lo que permite distinguir las ciencias de construcciones no científicas. No obstante, la crítica se intensifica al señalar que esta disociación forma-materia, seguida de un postulado de correspondencia, implica una hipóstasis inicial que luego se atenúa al asumir una armonía entre ambos términos. Desde el materialismo lógico, esta operación resulta artificiosa, pues la autonomía de forma y materia no es absoluta, y su correspondencia plantea interrogantes fundamentales: ¿por qué debería haber adecuación si ambos términos son autónomos? ¿Qué criterios establecen esa correspondencia, especialmente en ciencias como la Geometría, donde la «realidad» del teorema de Pitágoras no se disocia de su construcción formal? Esta crítica se desarrolla en dos direcciones: un progressus, que examina las consecuencias de los principios adecuacionistas, y un regressus, que indaga su génesis, cuestionando la disociación inicial como un artefacto dialógico más que como una necesidad intrínseca al conocimiento científico.
El progressus revela que el adecuacionismo genera más preguntas que respuestas: si forma y materia son autónomas, la correspondencia entre ellas requiere una fundamentación externa (por ejemplo, una armonía preestablecida), lo que introduce supuestos metafísicos (teológicos o trascendentales) que Bueno rechaza. Alternativamente, se propone una fundamentación tecnológica: la adecuación surge de la construcción humana de modelos que simulan procesos naturales (por ejemplo, un atlas anatómico o un reactor nuclear), reflejando el principio del verum factum —lo verdadero es lo hecho—. Sin embargo, esta solución se limita a ciencias con un componente operatorio claro, dejando fuera casos como las Matemáticas, donde la adecuación a una realidad externa carece de sentido. El regressus, por su parte, identifica la fuente de la disociación en el desarrollo doctrinal de las ciencias, que sustantiva la forma teórica frente a la materia, generando la ilusión de una correspondencia necesaria. Esta crítica inicial sienta las bases para cuestionar tanto el adecuacionismo tradicional como sus variantes, abriendo paso a un análisis más específico desde el materialismo gnoseológico.
Crítica al adecuacionismo realista y sus limitaciones
En el progressus, se parte de la norma adecuacionista («la verdad implica adecuación») y se la aplica a las ciencias positivas, revelando dificultades fundamentales. Por ejemplo, las teorías cuánticas desafían la idea de una correspondencia directa con la realidad, lo que llevó a algunos a considerarlas «anticientíficas» desde un adecuacionismo estricto. Sin embargo, su efectividad obliga a cuestionar la norma misma: si ninguna ciencia satisface plenamente el criterio adecuacionista, la «clase de las ciencias» podría declararse vacía, forzando a abandonar el adecuacionismo o a relegar ciertas teorías (por ejemplo, cuánticas) a una categoría marginal. Esta crítica clasifica las ciencias en dos tipos: aquellas que parecen ajustarse al adecuacionismo (por ejemplo, ciencias humanas) y aquellas que no (por ejemplo, físicas avanzadas), pero la validez de esta distinción depende de la perspectiva gnoseológica adoptada. Desde una visión no adecuacionista (teoreticista o descripcionista), la norma pierde su fuerza crítica, limitándose a un análisis especial sin implicaciones generales.
El regressus analiza la génesis de la implicación adecuacionista, cuestionando la idea de adecuación como fundamento de la verdad. En las ciencias físicas, como la teoría copernicana, el adecuacionismo implica una duplicación problemática: un «mundo real» independiente donde los planetas giran, frente a su representación teórica. Pero ¿qué significa esta realidad independiente sin las operaciones científicas que la constituyen? En las ciencias formales, como la Geometría, la adecuación a un «mundo ideal» (por ejemplo, el tercer mundo de Popper) resulta innecesaria, pues las verdades matemáticas no requieren correlatos externos. Esta disparidad rompe la unidad de la idea de ciencia: si el adecuacionismo solo aplica a ciertas disciplinas, la verdad científica adquiere significados distintos según el campo, lo que lleva a privilegiar unas ciencias sobre otras (por ejemplo, físicas como «reales» frente a formales como «tautológicas»). Bueno rechaza esta dicotomía, argumentando que la duplicación entre objetos científicos y «contraobjetos» externos es insostenible, pues no hay acceso al mundo real fuera del cuerpo científico mismo. Propone, en cambio, una continuidad entre el cuerpo de la ciencia y su entorno, donde los objetos (por ejemplo, la balanza de Cavendish) son parte del campo científico, no duplicados de una realidad externa.
Desde el materialismo gnoseológico, el adecuacionismo solo encuentra un lugar coherente en las «ciencias dialógicas» (humanas y etológicas), donde la adecuación isomorfa entre forma (teorías) y materia (hechos operatorios) tiene sentido por la presencia de sujetos operatorios en ambos términos. Sin embargo, extender este modelo a las ciencias físicas o formales requiere supuestos metafísicos (por ejemplo, el adecuacionismo tomista basado en un dator formarum), que Bueno critica como inadecuados frente al escepticismo y los idealismos modernos. Jacques Maritain, por ejemplo, defiende un realismo crítico que distingue entre espíritu cognoscente y materia conocida, pero su apelación a la «semejanza» entre ambos reproduce las tensiones del adecuacionismo tradicional, incapaz de resolver la duplicación sin recurrir a un dualismo espiritualista. Esta crítica al realismo prepara el terreno para contrastarlo con enfoques alternativos, como el estructuralismo, y para proponer una visión no representacionista del conocimiento científico.
Crítica al estructuralismo y reformulación desde el cierre categorial
El estructuralismo concibe las teorías científicas como redes de formas (estructuras matemáticas) y materia (aplicaciones empíricas), evitando un compromiso realista con una realidad externa. Parte de una disociación entre un núcleo formal (por ejemplo, la mecánica de partículas axiomatizada por Suppes) y sus aplicaciones distributivas (por ejemplo, planetas, bolas de billar), integradas por «constricciones» que mantienen relaciones entre términos teóricos. Aunque supera el proposicionalismo deductivista (por ejemplo, Popper), su dependencia de la teoría de conjuntos y su formalismo lógico generan críticas: Mario Bunge denuncia la confusión entre teoría y modelo abstracto, mientras Bueno señala que la disociación forma-materia es un artefacto posterior a la constitución del cuerpo científico, no un reflejo de su génesis. Por ejemplo, el análisis estructuralista de los Principia de Newton reduce el primer principio (inercia) al segundo (dinámica) mediante una deducción algebraica (si ?F=0, a=0), pero Bueno argumenta que esto presupone el primer principio como contexto determinante (trayectoria rectilínea), no lo deduce, revelando una identidad sintética mal interpretada como analítica.
Desde el cierre categorial, el estructuralismo tiene valor gnoseológico al destacar las redes arborescentes de las teorías (por ejemplo, modelos potenciales, actuales, parciales), pero carece de especificidad científica. Estas estructuras, basadas en relaciones lógicas de conjuntos, son genéricas y aplicables también a teorías no científicas (por ejemplo, teológicas), lo que limita su capacidad para captar la esencia de las ciencias positivas. Bueno propone que las estructuras específicas de las teorías científicas solo emergen de los «contextos determinantes objetuales» —esquemas de identidad operatoria en el campo fenoménico—, no de modelos distributivos formales. Así, el adecuacionismo metodológico (pragmático), que prescribe construir modelos simuladores (por ejemplo, un reactor nuclear), se reinterpreta como una norma interna a ciertos cuerpos científicos, no como una concepción general de la verdad. Esto lleva a distinguir ciencias con doble plano operatorio (? y ?, susceptibles de adecuación) de aquellas con un único plano (?, inmunes a ella), como las Matemáticas. Sin embargo, las primeras, más cercanas al adecuacionismo, muestran una cientificidad precaria, coherente con la crítica general de Bueno.
La reformulación materialista rechaza la adecuación como criterio universal, integrando forma y materia en un cuerpo científico continuo con su entorno. La verdad no reside en la correspondencia con una realidad externa, sino en la identidad sintética de las operaciones y fenómenos dentro de contextos categoriales cerrados. Esta perspectiva supera tanto el realismo metafísico como el neutralismo estructuralista, ofreciendo una visión dialéctica que reconoce la génesis tecnológica y operatoria de las ciencias sin hipostasiar sus componentes.
Reformulación del circularismo y autocrítica desde el materialismo gnoseológico
Gustavo Bueno redefine el circularismo no como una tautología estéril, rechazada por Aristóteles en los Analíticos Posteriores por su dependencia de principios axiomáticos externos, sino como un proceso dialéctico y constructivo que integra forma y materia en un cuerpo científico autónomo. Este giro se fundamenta en la doctrina de los contextos determinantes, que articulan identidades sintéticas entre términos materiales y operaciones formales, evitando la disociación hipostática propia del adecuacionismo. Mientras Aristóteles postula un discurso lineal desde axiomas evidentes hacia conclusiones adecuadas a la realidad, el circularismo materialista concibe las ciencias como redes de relaciones transversales y recursivas, donde los silogismos no canalizan evidencias externas, sino que emergen de nexos internos al campo categorial. Por ejemplo, la reconstrucción de un silogismo como «todo hombre es mortal» se enriquece al considerar tramas contextuales (por ejemplo, la divinidad de Alejandro), rompiendo su carácter tautológico y revelando su productividad gnoseológica.
Esta reformulación se ilustra con modelos como las topologías concretas, que ejemplifican el cierre categorial al articular un conjunto finito de términos (por ejemplo, X={a,b,c,d,e,f}) mediante operaciones binarias (?,?) y relaciones antisimétricas (?), generando una estructura circular sin apelar a fundamentos infinitos o externos. A diferencia del adecuacionismo, que requiere una correspondencia entre formas universales y una materia preexistente, el circularismo sitúa la necesidad científica en la concatenación operatoria de términos y relaciones dentro de un contexto finito, como en el caso geométrico del teorema de Hauber aplicado a las intersecciones entre rectas y circunferencias. Esta circularidad no es formal en un sentido abstracto, sino materialmente determinada por las categorías específicas de cada ciencia, lo que distingue al circularismo «determinado» (vinculado a contextos determinantes) de versiones «indeterminadas» que carecen de tal especificidad. Así, el cierre categorial no clausura las ciencias en un sistema perfecto, sino que las configura como estructuras glomerulares, abiertas a intersecciones y expansiones, como se observa en la Química clásica o la Geometría euclidiana, cuyos teoremas forman redes interconectadas pero no homogéneas.
El contraste con el adecuacionismo se intensifica al analizar la concepción aristotélica de la ciencia como un proceso lineal desde axiomas intuitivos hacia conclusiones necesarias. Aristóteles rechaza el circularismo por considerarlo tautológico, incapaz de ampliar el conocimiento más allá de premisas ad hoc, pero Bueno argumenta que esta crítica depende del presupuesto adecuacionista de una realidad externa que provee evidencias iniciales. Retirado este supuesto, el circularismo emerge como la dinámica constructiva de las ciencias, donde los contextos determinantes —como la circunferencia en Geometría o los principios newtonianos en Mecánica— no son axiomas proposicionales, sino configuraciones objetuales que generan verdades mediante esquemas de identidad. Estos contextos, lejos de depender de una adecuación a lo real, integran la realidad misma en el cuerpo científico, como en la electroforesis PAGE-SDS, donde las proteínas «escriben» sus propias gráficas sin mediación lingüística subjetiva. Esta integración materialista disuelve la dualidad forma-materia, redefiniendo la verdad como una identidad sintética interna al cierre categorial, no como una correspondencia con un mundo externo.
La autocrítica del materialismo gnoseológico refuerza esta reformulación al reconocer los fundamentos de las críticas desde el descripcionismo, el teoreticismo y el adecuacionismo, sin ceder a su lógica disociadora. Desde la «perspectiva exenta», Bueno admite que los contextos determinantes no abarcan todo el cuerpo científico, coexistiendo con materiales «flotantes» o ambiguos que sugieren una disociación entre forma y materia, reflejo de la naturaleza imperfecta de los cierres categoriales. Desde la «perspectiva comparativa», la multiplicidad de ciencias revela relaciones isológicas que invitan a interpretar las formas como estructuras genéricas frente a materias específicas, un eco del adecuacionismo que el materialismo debe rectificar. Esta dialéctica interna no implica autodestrucción, sino una delimitación de los límites del cierre categorial, aceptando la contingencia existencial de los contextos frente a la necesidad esencial de sus relaciones internas. Por ejemplo, la predicción científica, falible por factores externos no controlados, no socava la cientificidad del contexto determinante, sino que evidencia su carácter «infecto» (no perfecto), abierto a ajustes sin recurrir a un necesitarismo cósmico.
Finalmente, el materialismo gnoseológico se posiciona como una alternativa crítica frente a las concepciones tradicionales, dialogando con ellas sin subordinarse. El descripcionismo desafía al materialismo a precisar por qué ciertos contenidos se integran en el cierre mientras otros permanecen externos; el teoreticismo cuestiona la estabilidad de los contextos determinantes frente a teorías formales predominantes; y el adecuacionismo plantea paradojas sobre la necesidad interna versus la contingencia global de los cuerpos científicos. Estas tensiones, lejos de debilitar el circularismo, enriquecen su desarrollo, exigiendo respuestas específicas a cada desafío. Así, el materialismo de Bueno trasciende la disociación forma-materia no negándola abstractamente, sino reabsorbiéndola en una práctica científica concreta, categorialmente cerrada, que encuentra su fundamento en la operatoriedad de los contextos determinantes y en la symploké de las ciencias positivas.